El primero de los doce trabajos de Heracles fue matar al león de Nemea y hacerse de su piel.
El león había estado aterrorizando los alrededores de Nemea, y tenía una piel tan gruesa que resultaba inmune a las armas y al fuego. Cuando Heracles se enfrentó a él por primera vez, usando su arco y sus flechas, un garrote hecho de un olivo que él mismo había arrancado de la tierra y una espada de bronce, todas las armas resultaron inútiles. Por fin Heracles las dejó a un lado y luchó cuerpo a cuerpo con el león en la cueva en la que se había refugiado, terminando por matarlo metiéndole un brazo por la garganta hasta asfixiarlo.
Heracles llevó el cuerpo del león a Micenas para que el rey Euristeo, pero éste se asustó tanto que prohibió a Heracles volver a entrar jamás en la ciudad, y le ordenó que de ahí en adelante le mostrase el fruto de sus trabajos desde fuera. Euristeo mandó a sus herreros que le forjase una tinaja de bronce que escondió bajo tierra, y en la que se refugiaba cada vez que se anunciaba a Heracles, comunicándole sus instrucciones a través de un heraldo.
Heracles empleó horas intentando desollar al león sin éxito. Por fin Atenea, disfrazada de vieja bruja, ayudó a Heracles a advertir que las mejores herramientas para cortar la piel eran las propias garras del león. De esta forma, con una pequeña intervención divina, consiguió la piel del león, que desde entonces vistió a modo de armadura.

Según creían los griegos el gran león de la constelación Leo era el león de Nemea, ascendido al cielo por Zeus después de que Heracles lo matase. El sol parece cruzar por su boca, sugiriendo la forma de matarlo, y de esta forma dando a entender la dificultad de los otros métodos.